La cosecha de otros años

Una de las nuevas experiencias que he tenido en la montaña palentina es la despensa: una habitación destinada exclusivamente al almacenamiento de víveres. Además de un armario para tuppers, cuencos y fuentes, una hilera de sartenes y freidoras colgadas de cara a la pared, una estantería para cazos, ollas y demás utensilios, un frigorífico que se llena una vez al mes con la “compra del mercadona” (impone, porque se forma una especie de muro opaco que ves cuando abres la puerta, que ni siquiera deja pasar la luz del frigo), el horno del que salen las delicias de Andrea y la Gran Bolsa Flotante, donde guardamos las delicias a las que los ratones no se pueden resistir (y con la que me suelo chocar cada vez que entro), tenemos en la despensa un armario blanco con cuatro puertas y detrás de cada una, un mundo distinto.

Arriba, a la izquierda, kilos y kilos de pasta de diferentes formas y colores, desde macarrones negros hasta nidos de huevo, también harina para cinco bizcochos, azúcar para 200 cafés.

Debajo, infraestructura para fiestas: las especias de las galletas de Navidad, platos y vasos de papel, guirnaldas.

Arriba, a la derecha cajas de galletas. Gullón en su mayoría. Galletas maría, de lino, de canela, con chocolate, secas, de esas que sabes que nunca serán comidas…

Y por fin llegamos a la puerta de abajo, a la derecha. Detrás de ella se esconde el paraíso, los campos elíseos de las latas. Allí conviven en armonía (hasta donde yo puedo juzgar) las latas de guisantes, tomates, maíz, atún o aceitunas con los botes de pepinillos en vinagre y de lombarda y los de productos caseros, en ocasiones misteriosos porque no viene escrito lo que es, y sólo ves materia inidentificable flotando en un líquido igualmente desconocido. Me parece un pequeño milagro que las peras, que siempre me han parecido bastante sosas, se puedan convertir en algo tan bueno añadiendo sólo el “de vinagre”, que de las moras salga la mermelada, que las fresas se puedan secar para convertirlas en pequeños bocados dulces que también apetecen en invierno…

Aquí, en la despensa de mi blog, os dejo textos que ya no son frescos, pero que a mi me siguen gustando. Algunas son mejores que otras y sobretodo, todas son diferentes. Pero es que las confituras o conservas tampoco te salen igual. Mientras no veas moho cuando abres la tapa…

Las he dejado (casi) tal y como las escribí, sin cambiar (casi) nada, aunque ahora no las escribiría igual. Espero que os gusten.

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Basado en el poema

de Michael Ende

“Der Ritter im Gewitter”

“El caballero en la tormenta”

traducido del alemán

y adaptado en prosa

por Lea Sánchez Milde

En un lugar entre las montañas, de cuyo nombre no quiero acordarme, cabalgaba entre las imponentes sombras de los altos pinos un gallardo caballero. Iba cansado, pero contento, pensando en la fama conseguida por la derrota del terrible rival que tocado le había en el torneo del que venía. Se dejaba llevar por su rocín, que el camino ya se sabía y tan cansado iba que no se dio cuenta de cómo en el horizonte se amontonaban grandes nubes negras, que anunciaban ya desde la lejanía la tormenta que se avecinaba. Se dio cuenta cuando de repente desapareció el hermoso rosado con el que el Sol poniente cubría las altas copas de los esbeltos pinos. Alzó entonces la vista el caballero y vio correr por la rocosa pendiente a los animales del bosque en busca de refugio y del cielo empezó a caer una fuerte lluvia que golpeaba su armadura en un constante tamborileo. Nada más tomar consciencia de la situación en la que se encontraba, escuchó el primer trueo, que las montañas devolvían en un interminable eco y el cielo se llenó de una luz resplandeciente que le cegaba los ojos. Sin embargo, nuestro caballero apenas se inmutó ante las indomables fuerzas de la poderosa Naturaleza a punto de desencadenarse. Pues confiaba en la ciencia, y por ello, en lugar de un penacho de plumas de vivos colores llevaba en su yelmo un pararrayos de dos varas.

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La hamaca preferida de la gran capitana pirata Carlota estaba hecha de una tela verde que ya estaba descolorida y llena de remiendos. Estaba situada entre dos altos mástiles, cuyas velas hinchadas protegían a Carlota del sofocante sol que brillaba en estos días calurosos de agosto. Al lado de la hamaca había dos pequeños barriles de ron, uno encima de otro, que le servían de mesilla y en los que la capitana siempre se ponía una varilla del sándalo que tanto le gustaban y del que se había hecho una enorme reserva cuando pasó por la India. Se lo solía poner por la noche y contemplaba el inmenso cielo estrellado inventando historias que luego contaba a la tripulación. Estaba anocheciendo y ella estaba contenta consigo misma, puesto que había fabricado un soporte para lámparas para poder leer antes de acostarse, pues era una verdadera amante de los libros. Había hecho dos agujeros en los imponentes mástiles de los que colgaba su hamaca y encajó en ellos una larga vara de metal de la que colgaba una lámpara de aceite. Carlota esperó impaciente a la noche con el libro entre las manos que había cogido de su extensa biblioteca en la que tenía más de 5.000 libros para poder estrenar su soporte para lámparas. Había elegido LA HISTORIA INTERMINABLE de su autor favorito Michael Ende porque sabía que ese libro la mantendría ocupada mucho tiempo, y para ella era el mejor libro que tenía para esta ocasión. De pronto Carlota se dio cuenta que ya había oscurecido y encendió rápidamente la varilla de sándalo y la lámpara de aceite. Se tumbó en la hamaca, se puso tres cojines debajo de la cabeza y comenzó a leer tranquilamente, imaginando las escenas que se describían en el libro. Sus oídos percibían el suave rumor de las olas que chocaban contra el casco del barco y en el cielo aparecían las primeras estrellas. La hamaca se mecía lentamente y en la nariz de Carlota penetraba el dulce olor del sándalo. Sin darse cuenta Carlota, sus ojos negros como el azabache se iban cerrando y en media hora estaba profundamente dormida. Y soñó que…

Se encontraba en el pasillo de un edificio con las paredes pintadas de verde y blanco. Reinaba el silencio y podía oír sus pasos sobre el suelo de madera. Se sentía arrastrada por una fuerza desconocida que la animaba a seguir andando hacia delante, aunque no sabía adónde la iban a conducir sus pasos. De pronto llegó a una escalera y empezó a subirla como una sonámbula. Llegó a una puerta, la abrió y asomó la cabeza. Se encontraba en un cuarto sombrío y en cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad distinguió las cosas que ahí había. Vió que se trataba de un cuarto rectangular y en las paredes más cortas estaban la puerta y una ventana redonda y pequeñita, por la que entraba la luz de la luna. El techo era empinado, por lo que Carlota dedujo que se trataba de un desván debajo del tejado. En la pared de la derecha había dos grandes estanterías repletas de libros de todas las clases que ocupaban todo el espacio. En la pared de la izquierda se amontonaban varias cajas de diversos tamaños, todas llenas de ropa y mantas. Al lado de las cajas, en el suelo, había una pequeña lámpara de aceite. Debajo de la ventana, en la pared del fondo, había un colchón que milagrosamente sólo tenía un agujero que habían roído los ratones. Pero lo que más atraía a Carlota eran los libros y pensó que, ya que estaba allí, quizá podría leer un rato. Como el aire se colaba por el ventanuco y la puerta tenía rendijas, había mucha corriente y hacía frío. Carlota encendió la lámpara de aceite y la colocó con mucho cuidado encima de un taco de libros al lado del colchón, se puso un abrigo viejo que encontró en una de las cajas y, envuelta en mantas, se sentó en el colchón con la espalda apoyada en la pared y comenzó a leer el libro que había escogido: Robin Hood. Estaba tan concentrada en la lectura, que no se dió cuenta, que la lámpara empezaba a flaquear, cada vez daba menos luz y le costaba más leer, hasta se sintió tan cansada, que no pudo mantener los ojos abiertos, se le fue el libro de las manos y se quedó dormida. Y soñó que…..

Caminaba por el campamento de verano de Robin Hood en el Sherwood Forest, descalza, notando en las plantas de sus pies la hierba fresca y húmeda del rocío, hacia el imponente y majestuoso roble en medio del campamento, donde tenía una casa que se había construido ella misma con tablas de madera que le había cortado Little John. Empezó a subir la escalera hecha de fuertes cuerdas, a la que tantas veces había confiado su vida, y que llegaba hasta la plataforma sobre la que estaba situada su casa. Entre sus piernas caía una larga cuerda, que se había sujetado alrededor de la cintura, hasta el suelo, donde el otro extremo rodeaba a una pesada caja que Carlota no podía subir de otra manera, ya que con sus brazos tenía que agarrar la escalera. La caja contenía unos libros que Robin Hood, conocedor de su gran afición a la lectura, le había regalado el día anterior, después de incautársela aun rico comerciante que viajaba con su mercancía a Nottingham. Cuando, por fin, Carlota llegó arriba, tiró de la cuerda con todas sus fuerzas hasta que la gran caja también alcanzó la plataforma. La abrió y rebuscó entre los libros hasta encontrar uno que le pareció apropiado: La historia del Califa Cigüeña de Wilhelm Hauff. Con el libro en una mano y una gran botella con cien luciérnagas, que en estas cálidas noches de verano había a miles, en la otra, entró en su casa y se sentó en la mecedora que allí se encontraba. A su lado había una gran mesa redonda, cuyo centro atravesaba el fuerte tronco del árbol, y donde Carlota solía dibujar con acuarelas. Colocó la botella con las luciérnagas encima de ella y comenzó a leer, deteniéndose de vez en cuando para escuchar el murmullo de las hojas acariciadas suavemente por la brisa y reflexionar sobre lo leído. Estaba tan absorbida por la lectura, que no se dió cuenta que, una a una, las luciérnagas se iban apagando. Pero cuando se apagó la última ya estaba medio dormida, vencida por el cansancio, y el primer rayo de la luna entró en su casa, se encontraba ya en el mundo de los sueños. Y soñó que….

Era una hermosa princesa, hija de un califa rico y poderoso, que vivía en un enorme palacio decorado con todo tipo de piedras preciosas y sus suelos de frío mármol estaban cubiertos por delicadas alfombras, en las cuales todos los colores imaginables se entrelazaban formando largas cenefas. Los hilos de brillante seda de una de esas alfombras ahora eran acariciados por los pequeños pies de Carlota, nuestra princesa, que, envueltos en suaves pantuflas de algodón, caminaban silenciosos por un largo pasillo, hasta encontrarse frente a una puerta de madera de caoba que tenía incrustada un bonito mosaico con versos del Corán escritos con pequeños trozos de maderas nobles de diversos colores. Carlota bajó el pomo de oro que lucía una gran gema roja y preciosa, y abrió la puerta sólo lo necesario para poder pasar. Salió del palacio y la recibió una oleada de aire caliente y perfumada por los aromas de las flores, un deslumbrante sol y el canto de los ruiseñores. En mitad del jardín había una fuente de aguas cristalinas y a su alrededor se extendían cuatro explanadas de hierba, rodeadas de setos y separados por cuatro caminos de arena blanca que señalaban en dirección a los cuatro puntos cardinales. Al principio de cada camino había un arco cubierto de plantas trepadoras. Carlota escogió el camino que conducía hacia el este y cuando llegó a la fuente, torció un poco hacia la izquierda. Siguió andando hasta que se encontró con un pequeño palacete y entró. Estaba pobremente amueblado, porque hacia mucho tiempo que ya no se utilizaba. En el suelo había muchas alfombras de terciopelo bordadas y del techo colgaba una lámpara de aceite que la princesa encendió rápidamente. Después rebuscó entre los cojines hasta sacar debajo de uno el libro que su hermano le había traído de su último viaje a Europa: La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Nuestra princesa tenía que leer a escondidas porque sus padres pensaban, que no era lo apropiado para una princesa. El aceite de la lámpara se había ido consumiendo lentamente y a la princesa le costaba cada vez más mantener los ojos abiertos, ya que hacía un calor sofocante y agotador. Pronto estaba dormida y soñó que….

Se despertó en la hamaca verde, descolorida y llena de remiendos. Todavía no sabía si estaba despierta o dormida. ¿Era la capitana pirata Carlota tumbada en la hamaca soñando que era una princesa, o una princesa dormida en un palacete soñando ser una pirata? ¿Estaba acaso durmiendo en una casa en un árbol en Sherwood Forest? ¿O quizá dormía en un desván tumbada sobre un colchón…? Carlota no lo sabía, pero decidió que, aunque estuviese soñando, intentaría disfrutar la vida que le tocaba vivir.

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Abro los ojos y no veo nada. Seguramente hubiese pensado que se ha estropeado la farola que tengo delante de mi ventana, y de la que entra una tenue luz a mi cuarto, si en ese mismo instante no hubiese percibido un olor extraño, distinto al de mi acuario con la pequeña tortuga, que suele desprender un olor un tanto… pestilente, cuando se me olvida cambiar el agua, lo que a menudo da lugar a broncas con mi madre. No, éste no es el olor a agua sucia, es un olor a polvo y a ambiente mal ventilado. Ahora también afino mis otros sentidos y me doy cuenta de que no oigo los ronquidos de mi padre y siento debajo de mí el frío propio de un suelo de piedra. Decididamente no estoy en mi cama, ni en mi habitación. Prefiero no pensar en dónde puedo estar. Me incorporo, miro a mi alrededor y espero encontrarme cara a cara con un monstruo baboso. Mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad, que no es tanta como parecía al principio. Distingo armarios grandes y pequeños que arriba se vuelven vitrinas que albergan un conglomerado de los más diversos objetos. Entre ellos, a lo lejos, más que ver, intuyo sombras con formas humanas de las que, al no moverse, quiero pensar que son estatuas.

Me estoy haciendo a la idea de haber ido a parar a un museo o una sala de exposiciones. Bien, entonces los dos puntitos de luz naranja que acabo de descubrir serán los que indican una salida de emergencia, pero ¿por qué están abajo, casi a ras de suelo, y no encima del hueco de la puerta, donde deberían estar? y ¿por qué se mueven?

– Hola pequeñaja, al Museo Arqueológico la bienvenida te doy. Miedo no tengas, que a comerte no he venido.- Dice una vocecilla en tono burlón. Pasado el primer sobresalto, me invade la indignación. ¡Tengo diez años! ¡A una niña de diez años no se le llama pequeñaja, ni se la trata como si lo fuera! Y con menos razón todavía si quien lo dice apenas me llega a la cintura. Me levanto con cuidado y me acerco un poco al dueño de esta voz, y al descubrir que, por lo menos en la oscuridad, no parece un ser monstruoso le pregunto:

-¿Tú quien eres? ¿Qué haces aquí? ¿Y qué hago yo aquí? ¿Dónde estamos?

-Quién soy, de dónde vengo y adónde voy igual te debería dar. Y que en el museo de la arqueología estamos te he dicho ya. El resto tú misma deberás descubrir, yo sólo tu tarea te voy a decir. Una adivinanza tienes que resolver, del mundo antiguo el personaje es. Tres son las pistas que te daré. Si la respuesta correcta no encuentras, en el laberinto del pasado te perderás. Y nunca el camino hallarás que de vuelta al presente te conducirá. Cada día que pasa, más lejos en el tiempo te llevará y más difícil recuperar tu mundo te será.

Un escalofrío recorre mi espalda. ¡Qué siniestro sonaba! No debe ser nada agradable perderse en un laberinto, y todavía menos si el factor tiempo está en juego. El hombrecillo me saca de mis pensamientos diciendo:

-Ahora atención debes prestar, que las tres pistas sobre el personaje te voy a dar, y la primera aquí va: Tres diosas intervienen decidiendo su destino, salvándole la vida una, a casarse le obliga otra y, por entrar en su templo sin antes haberse purificado el castigo le hace llegar la tercera. La segunda pista a indicarte viene, que fama cosechó por sus pies ligeros y su carrera veloz. La última pista ésta es: Por el castigo impuesto, tendrá que rugir y una larga melena lucir. Donde tú naciste en piedra está y frescos sus pies por el agua tendrá.

Para ver si con la solución ya has dado, con el cambio de día yo aquí volveré. Si correcta la respuesta es, en tu cama despertarás, pero no intentes ese misterio desentrañar.

¡Qué mareo me da esta forma de hablar! Levanto la vista y me doy cuenta de que a lo largo de nuestra conversación la habitación se ha iluminado algo más. Me vuelvo y descubro un ventanuco por el que entra la luz del amanecer. Ahora, en la penumbra, puedo distinguir los rasgos del enano con toda claridad. Su cara es redonda y, quitando unos mechones de pelo blanco en los lados, justo encima de las orejas, está calvo. Sus ojos me observan desde detrás de los gruesos cristales de unas gafas de montura negra. Su nariz ganchuda se asoma por encima de un bigote tan fino como lo son sus labios. Me asalta un recuerdo a otra persona, pero por más que me esfuerzo, no logro dar con su nombre. Me cuesta obligar mis pensamientos a volver sobre la tarea que tengo que realizar. Cierro los ojos para poder concentrarme mejor y cuando los abro, el hombrecillo ha desaparecido. En su lugar encuentro un bocadillo y una onza de chocolate. Prefiero guardarme las escasas provisiones para luego, puede que sea lo único que tenga para comer, pero no puedo resistirme a partir la onza por la mitad y comerme una. Me pongo en marcha para buscar una salida o, al menos, intentar descubrir en qué parte del museo me encuentro. Empiezo a andar por un pasillo, abro la primera puerta que encuentro, atravieso una habitación que se parece a la que acabo de abandonar, sigo andando por más pasillos, abro otras puertas que conducen a habitaciones aparentemente iguales que apenas consigo distinguir. A cada paso que doy, la sensación de encontrarme en un laberinto de puertas, habitaciones, pasillos y escaleras que sólo bajan se hace más y más intensa. De vez en cuando me doy la vuelta sintiendo como si alguien me estuviera observando, pero no veo nada. Me paro de golpe sorprendida: ¡He vuelto a mi punto de partida! Por un lado me decepciona haber malgastado el tiempo andando en círculo sin encontrar salida ni solución, pero para decir la verdad es más grande el alivio que siento por no haberme perdido en este laberíntico sótano. Ni un sólo minuto reparo en lo extraño que resulta el hecho de haber vuelto al principio después de bajar muchas escaleras y no subir ninguna. Estoy agobiada ¿Qué hora será? Nerviosa saco el bocadillo de mi bolsillo para comérmelo, pues mi padre siempre dice que con la tripa vacía no se puede pensar. ¡Es de jamón! Me invade un sentimiento hacía el enano, que se aproxima bastante al agradecimiento. Y ahí está otra vez, la cara del hombrecillo, que en contra de mi voluntad vuelve a mis pensamientos. Así, desde luego, nunca resolveré el enigma. ¡Si supiera a quién me recuerda, seguro que me podría concentrar mejor! Como una mosca a la hora de la siesta, cuyo zumbido no me deja dormir, la imagen del hombrecillo da vueltas en mi cabeza y no me deja pensar. Ahuyento esta imagen e intento volver sobre el acertijo, porque luego se me va a echar el tiempo encima. Según lo que recuerdo de mis clases de historia, las leyendas que suelen tener más dioses son las griegas aunque, ahora que lo pienso, los romanos tienen más o menos los mismos dioses sólo que con distintos nombres. Y mi padre me contó que los hindúes también creen en muchos. De modo que esta pista, de momento, de poco me sirve. Para empezar sería útil saber si es hombre o mujer. Creo que en la antigüedad sólo obligaban a las mujeres a casarse, pero si una diosa interviene, todo es posible. Aún así, me parece más probable que el personaje sea una chica. A Aquiles le llamaban “el de los pies ligeros”, pero a él no le pasó lo que mencionan las otras pistas, y hasta donde yo sé, no rugía.

Cuando termino el bocadillo, caigo en una especie de sopor. El calor seco me atonta, el aire cargado de polvo parece envolverme como una manta, en la penumbra se desvanece la mirada del hombrecillo… . De pronto oigo voces, entre las que distingo las de mis compañeros de clase. Estoy entre mis dos mejores amigas, escuchando a mi profesor de historia, que nos está contando la vida de un personaje mitológico de Grecia. Cuando después de admirar vasijas, platos y otros objetos antiguos nos dirigimos a la salida para volver al colegio, vemos que fuera está todo oscuro. El cielo se ha cubierto de grandes nubarrones negros. Vamos corriendo al autocar esperando con razón que de un momento a otro caigan las primeras gotas. Efectivamente, bajando por Recoletos, comienza a llover a cántaros, y como siempre cuando llueve en Madrid, enseguida se monta un tremendo atasco. Si seguimos a este paso de tortuga tardaremos tres horas en dar la vuelta a la fuente de Cibeles. Dentro del autobús se arma la gorda, pues todos se aburren y empiezan a gritar y a levantarse. El profesor se pone de pie para calmarnos, pero viendo que su voz ni siquiera se oye en la algarabía, coge el micrófono e intenta acaparar nuestra atención mediante una de sus aburridas historias. Naturalmente nadie le escucha ni sabe de qué está hablando. De repente cae la palabra ”león” y algo me hace girar la cabeza y mirar al profesor. La imagen que veo entonces es tan fugaz que no sé si la he visto de verdad o si es sólo un espejismo: Es la cara de mi profesor de historia reflejada en el retrovisor del conductor. Sólo que en ese mismo instante un rayo de luz, quizá del semáforo que tenemos delante, convierte sus gafas en dos puntos naranjas… dos puntos naranjas en la oscuridad… Y de pronto todo encaja como las piezas de un rompecabezas. Ya sé quien es el enano misterioso. ¡No entiendo cómo no se me ha ocurrido antes! El hombrecillo es, naturalmente, mi profesor de historia. Y también sé qué me hizo aguzar los oídos cuando habló de los leones. Lo único que todavía no entiendo es por qué la lluvia que golpea los cristales del autocar causando un suave tamborileo huele tan mal, y extrañamente familiar, como agua que lleva tiempo estancada y sin limpiar…

-¡Arriba! ¡Venga, levántate ya! A ver si te da tiempo para repasar un poco, que hoy tienes el examen de historia. Y si no cambias el agua de tu acuario nada más llegar del colegio, te tiro la tortuga por el váter.

Es mi madre. Ella no sabe lo reconfortante y tranquilizador que puede resultar este apestoso olor en ciertas ocasiones. Me paso el desayuno pensando en lo que he vivido esta noche. Aún así, al llegar a la parada del autobús todavía no sé si es verdad o si todo ha sido un sueño de una noche de museo. Hace frío, así que meto las manos en los bolsillos y de uno saco asombrada media onza de chocolate.

EPÍLOGO

Para que nadie se quede en el laberinto del pasado buscando la solución del acertijo, escribo este epílogo. Pues sin tener acceso a las fuentes oportunas puede resultar un poco difícil adivinar que la que ahora, junto a su marido, tira del carro de la diosa Cibeles convertida en leona es Atalanta, la de los pies ligeros.

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Tacatac, tacatac, se oían los cascos del burro Artemio sobre el desigual suelo de piedra del paso de montaña. Toctoc, toctoc, saltaban las ruedas del carro viejo. Pánfilo, sentado delante, miraba con preocupación el cielo, que se estaba oscureciendo. El molinero le había entretenido mucho, era de esas personas que podían pasarse horas y horas hablando. Había ido al molino apara comprar los sacos de harina que necesitaba para su panadería y llevaba el carro lleno. De repente, en una curva, el carro se ladeó y ¡crac! se soltó una rueda. Maldiciendo en buen castellano, Pánfilo bajó y revisó el eje, comprobando lo que ya sospechaba: no se podía arreglar. Desesperado cargó todo lo que podía en Artemio, que depués de tres sacos le dio a entender con una coz que no podía más. Pánfilo miró con pesar el carro todavíarepleto que tenía que dejar atras y montó con cierta dificultad, pues ya tenía algunos años y varios kilitos de más. Por el accidente se había hecho aún más tarde, y apenas se podía ver el camino. Por eso no fue de extrañar que Pánfili casi se chocara con una anciana, que andaba cargada con una cesta de leña. Esa mujer, que tenía cierto aspecto de bruja, le advirtió que no continase por ese camino, pues según ella estaba plagado de peligros. Pero Pánfilo (y Artemio seguramente también) querían llegar a casa lo antes posible, pues al primero le estaba empezando a apretar el frío y al segundo le llevaban ya tiempo apretando los sacos. Así que siguieron por ese sombrío camino.

Era ya de noche cunadoencontraron por casualidad una cueva que se abría en la piedra, y como estaban los dos muy cansados entraron en ella agradecidos, sin sospechar ningún peligro. Se durmieron enseguida, sin saber que el nuevo día les iba a dar una buena sorpresa.

Cuando se despertaron a la mañana siguiente, se dispusieron a seguir su camino, pero eso lamentablemente no era posible, porque había un enorme cuerpo dormido que taponaba completamente la salida. Asustados se dieron cuenta de que era un dragón, con alas, cuernos y una cola verde que se enroscaba a su alrededor. El rebuzno de Artemio despertó al dragón, que con voz atronadora les preguntó:

-¿Cómo habéis osado penetrar en mi morada? Me encantaría comeros directamente por tal afrenta, pero os daré una oportunidad: podéis salir de esta cueva si adivinais cuántos dientes tengo en la boca. Me quiero divertir un rato.

Pánfilo protestó, pues era esa una pregunta injusta, que no se podía resolver con el ingenio, pero no obtuvo respuesta. El dragón apretaba fuertemente los labios, negándose a hablar. Con la mano delante de la boca dijo:

-Sólo tenéis una hora para hallar la respuesta, pues tengo hambre.

Al pobre panadero se le ocurrió una forma de hacer tiempo contestó:

-También yo estoy hambriento, o gran dragón. Por eso os propongo un trato: si me dais un poco más de tiempo, os hago una hogaza de pan que podréis tomar de aperitivo. Os informo de que soy panadero y además famoso en el mundo entero. No os arrepentiréis y yo podré pensar mejor con algo en la tripa.

El dragón aceptó, así que el panadero construyó un primitivo horno de piedras y sobre él empezó a amasar la harina con un poco de saliva que había pedido al dragón. Para darle un toque original, le echó algunas especias que llevaba en el bolsillo. Mientras amasaba, le daba vueltas en la cabeza al acertijo del dragón y se inventaba métodos de hacerle reír o hablar, sin conseguir dar con uno mínimamente viable. Por fin se le ocurrió una idea genial, justo cuando había terminado con la masa. Le pidió fuego al dragón, que naturalmente lo tenía, y tostó bien la hogaza, que desprendía un olor muy apetitoso. El dragón se relamía el hocico con su lengua morada.

Cuando el pan estuvo listo, Pánfilo le dijo al dragón:

-Muerde tú primero, veo que tienes mucha hambre.

No se pudo contener el dragón, y le dio un gran mordisco a la hogaza, dejando dieciocho claras muescas en la mitad que quedaba. Rápidamente las contó Pánfilo y las multiplicó por dos (siempre había sido bueno en Matemáticas). Luego le dijo tranquilamente al sorprendido dragón:

-Tienes ni más ni menos treinta y seis dientes, compañero.

El dragón tuvo que cumplir su promesa y dejar marchar a Pánfilo y Artemio. Pánfilo le pidió que fuese con él y le encendiese la chimenea por las noches, y el dragón, que se llamaba Otto, aceptó. Muchas veces se sentía solo en su cueva. Así que los tres se fueron volando al pueblo donde vivía Pánfilo. Éste se hhizo famoso, esta vez de verdad, aunque no en el mundo entero. Los domingos le hacía a Otto su hogaza preferida, que sólo contenía harina, saliva de dragón y unas pocas especias.

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Todo empezó un día cualquiera por la mañana. Debía de ser entre semana, pues estaba en el instituto, en un cierto estado de adormilamiento: Tenía los brazos encima de la mesa y mi cabeza cada vez bajaba más, atraída por la irresistible fuerza de gravedad hacia el centro de la Tierra, mientras mi mente viajaba por los más recónditos lugares del Universo. Por suerte había instalado un despertador para evitar situaciones comprometedoras. Un terrible bolígrafo apuntaba hacia arriba cual lanza despiadada y maligna, y si la distancia entre mi nariz y Australia se acortaba demasiado, un fuerte pinchazo en la barbilla me obligaba a incorporarme con rapidez y mirar con suma atención a la profesora de Inglés. Ya había pasado unas seis veces por este puntiagudo pero efectivo proceso cuando sonó el timbre que marcaba el final de la clase y la profesora aprovechó el descanso de cinco minutos para mandar deberes. Como alumna supuestamente responsable que soy, cogí mi agenda para apuntarlos.

Ya en casa, me puse a hacerlos sin que hubiesen disminuido lo más mínimo mis síntomas de modorra. El ejercicio cosistía en escribir un párrafo sobre un sueño que hubiesemos tenido hace poco. Estas redacciones me las invento por principio, porque la verdad a menudo es inconfesable. Total, que conté que volaba por el mundo a lomos de un cerdito azul, pero que en eso nos caímos al océano y me desperté. Varios días más tarde otra profesora, esta vez la de Lengua, nos mandó una nueva redacción. Como condición se había establecido que contuviera una serie de palabras con h (ya sabéis, por lo de las reglas de ortografía y esos rollos). Nada más echar un vistazo a las palabras, mi [h]inspiración pensó “asta aquí emos llegado” y se [h]esfumó como el umo por la chimenea. ¿Qué puedes escribir que esté relacionado con “azahar”, “herrar” y “hecho” a la vez? Encima era viernes y este fin de semana nos iban a visitar unos amigos para hacer alguna excursión. Nada más llegar al dulce hogar despaché con relativa agilidad la tarea hasta que efectivamente me atasqué con la redacción, tal y como había temido. Ya estaba a punto de rendirme y dejarla para el sábado, cuando en un intento desesperado desarrollé un poco el personaje del cerdito azul. A cambio de alas, le di una predilección por las flores de azahar, le llevé a herrar regularmente y le dejé hecho un pincel. A mí el resultado me pareció una auténtica chapuza pero a mi profesora sorprendentemente le gustó mucho.

Pensé entonces que estaba en paz con el dichoso cerdito, al que por cierto llamé Harry, pero éste volvió a mi mente una vez más, como si hubiera estado todo el tiempo revolcándose en el barro de mi subconsciente. Ocurrió semanas más tarde, cuando la tercera y última profesora de esta increíble historia nos mandó deberes por tercera, aunque no última vez. Nos encontrábamos en el aula de Plástica, yo como siempre con la alarma instalada, cuando nos explicó en qué iba a consistir la siguiente lámina. Trabajaríamos con estampados en positivo y en negativo, por lo que primero teníamos que buscarnos un material con el que hacer las siluetas, tipo cartón o plástico. Plástico ¡¡bah!!, eso porque mi profesora no sabía las sugerencias que me da mi madre. Después de que yo me negase en rotundo a utilizar patatas, me compró unas BAYETAS súper-anchas con no-sé-cuántas capas, de unos bonitos tonos verdes y morados. Suscitaron emoción entre mis compañeros (Fíjate en ésa, ha traído BAYETAS para lo de plástica, qué fuerte tío, eso no es normal), pero realmente la idea era buena, porque la bayeta absorbía bien la pintura y luego el estampado quedaba saturado y sin agujeros “blancos”.

El segundo paso era crear una o varias siluetas para hacer una composición con ellas. No conseguí dibujar unas olas convincentes, ni unas nubes ni unos pájaros, y me empezó a rondar por la cabeza el hacer una lámina dedicada a mi fiel compañero de fatigas Harry. Pero luego lo deseché, porque estoy segura de que los profesores están compinchados entre sí, e iban a pensar que se me habían acabado las ideas. De modo que disimulé un poco y dibujé algunos bocetos en los que seccionaba e intercambiaba imperturbable los cuerpos de varios animales, ya que a Harry le crecían astas de ciervo y una trompa de mariposa en su historia. Plasmé sobre el papel un jira-ón y una leo-fa, un pez-gato (dejando un poco de lado las leyes naturales), un ele-rón y un tibu-fante, una rino-rafa y múltiples combinacines fantásticas. No me dio tiempo a más en clase, así que tuve que proseguir mi trabajo por la tarde, esta vez sin modorra, pues estaba convencida de que me iba a quedar genial. Cuando mi madre consideró que ya era hora de que me acostara, todavía estaba en ello. Mi mesa se escondía bajo un zoológico fabuloso, con animales de todos los tamaños en hojas más o menos arrugadas.

Al día siguiente fui al insti como siempre, al otro también… Pasó una semana y yo me había olvidado completamente de mis pobres híbridos. Me acordé de ellos el día antes de la fecha de entrega del trabajo. Naturalmente, mi madre me echó una buena bronca, pero en realidad ya está acostumbrada a que me pase eso. Y naturalmente se ofreció, aunque a regañadientes, a ayudarme, sólo para que no me fuese a la cama demasiado tarde. Así son las madres (por suerte). Empecé buscando mi bloc de acuarelas, seguí buscando un pincel y las témperas y luego busqué un vaso de plástico para poner agua. Terminé de buscar y me preparé para entrar en acción: puse las témperas en un plato para poder mezclarlas a gusto, escogí con atención los bocetos y los pasé a la bayeta, busqué la tijera y me puse a recortar, todo con muuucha tranquilidad, sin saber que cada paso que daba me acercaba más a una aventura que nunca había soñado…

Hago un inciso para decir que primero recorté a los animales tal y como los conocemos, para luego partirlos por la mitad y combinarlos de distinta manera. Cuando terminé, tenía delante mío a un orgulloso león, una estilizada jirafa, un misterioso gato, un tiburón de dientes peligrosos y un pez rápido y pequeñín. Al verlos todos juntos, casi no me atreví a hacer el corte definitivo, ya que parecía que estaban vivos. Tenían un carácter propio e incluso hubiera podido jurar que la jirafa era claramente un macho, mientras que el tiburón poseía un aspecto más femenino. El gato creo que tenía un poco de hambre y el pez, un poco de miedo.

Igual todo hubiera sido diferente si no hubiera estado tan cansada y si a mi lado no hubiera estado sentada mi madre con cara de malas pulgas. Entonces, puede que no hubiera hecho lo que hice, pero me sentía presionada y no reflexioné más sobre ello. Simplemente volví a coger la tijera y con un movimiento irremediable… corté al primer animal por la mitad. A partir de entonces todo fue más fácil. Combiné los cuerpos, impregné las bayetas de pintura y las estampé con maestría contra la hoja. Satisfecha con el resultado, subí a mi cuarto y me acosté. Luego estuve un buen rato dando vueltas en la cama. No podía quitarme de encima la sensación de que iba a pasar algo extraño. Incluso tenía remordimientos porque tomé consciencia de la escabechina de bayeta que había organizado esa tarde, aunque por momentos me entraba la risa por lo extraño de pensamientos. Por fin caí en un sueño intranquilo, en el que aparecía un paraíso lleno de seres que vivían felices, hasta que vino un gigante blandiendo un hacha enorme y partiendo por la mitad a todo lo que tuviera patas, alas o aletas. Pero de pronto veía la escena desde los ojos de aquel carnicero descomunal. ¡Era yo la causante de este cruel despiece! Una imagen se quedó grabada en mi retina: Una jirafa que, sobre dos patas, buscaba entre el revoltijo de cuerpos su parte trasera, su preciada cola para espantar moscas y sus imprescindibles patas finas y largas, mientras cerca de ella una aleta de tiburón se retorcía entre espasmos. Me desperté en medio de la noche cubierta de sudor y todavía sobrecogida por la horrorosa pesadilla. Me incorporé un poco en la cama y entonces los vi.

Flotaban en silencio entre los tenues rayos de luna que entraban por la ventana de mi cuarto y su visión me produjo tal espanto que se me heló la sangre en las venas. Mi primer pensamiento fue ahuyentarlos, intentar hacerlos desaparecer como los malos recuerdos, pero sabía de antemano que iba a tener tan poco éxito como con éstos. No eran exactamente espíritus, pero tampoco tenían un cuerpo claro, sino que sus límites se difuminaban en la penumbra de la habitación. Sin embargo, eran dolorosamente reconocibles, sobre todo la precisa línea que los separaba en dos mitades que no tenían nada que ver la una con la otra. Se posaron en mis sábanas, sin acercarse demasiado. El pez-gato, que antes me parecía tan original, ahora me producía una profunda compasión al verlo caminar arrastrando su cola escamada. Al igual que el tibu-fante, que intentaba sin apenas éxito mover la gran masa de carne con sus aletas. Pero lo peor fue ver de nuevo al jira-ón, que avanzaba con las patas delanteras dobladas para estar a igual altura que su trasero de león. No pude sostener la mirada a ninguna de mis creaciones, más bien víctimas de mi creatividad. Aunque no parecían humillados, sino que desprendían un halo de orgullo y dignidad a pesar del sufrimiento, de entereza a pesar de su inhumana división, como aquellos que se saben con razón y piden cuentas a los causantes de sus penas. Así me miraban esos animales deformes, exigiendo lo que era suyo como si fuese un gran juicio. Tenían razón, pero yo no sabía como ayudarles. Me sentía impotente y muy avergonzada de haberlos manejado a mi antojo, sin otro motivo que una miserable nota en Plástica.

De pronto llenó la oscuridad un grito fuerte como un trueno, que sacudió mi habitación. Cuando pasó, los animales habían desaparecido de mi cama. Los descubrí tirados en el suelo y con perplejidad observé como se levantaron y tambaleantes de alegría se juntaron de nuevo el le- con el -ón, la jira- con la -fa, el ele- con el -fante, el tibu- con el -rón y el gato y el pez también volvieron a ser dos. Me sentí inmensamente aliviada cuando los vi trotar, correr y nadar entre los rayos de luna hasta salir de mi cuarto atravesando el cristal sin dignarse a mirarme ni una sola vez.

Nunca hubiera podido imaginar que los gritos de mi hermano me pudieran dejar de molestar, pero la verdad es que desde esa noche sonaban como música en mis oídos, ya fuesen de día o en la oscuridad.

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Menos mal que el olor ya se había ido. Era un pesado olor a aburrimiento, que me recordaba vagamente a las visitas dominicales a la abuela, cuando los mayores se ponían a hablar de cosas que yo no entendía y no podía hacer otra cosa que sentarme en el viejo sofá polvoriento y pensar en las musarañas. El aire estancado se mezclaba con el ‘aroma’ de naftalina. También el papel pintado parecía sacado de los años 60. Estaba cubierto de grandes rosas de color rojo sangre sobre un fondo verde hospital ¡Vaya combinación! Pero no había lugar mejor para mi póster de “Piratas del Caribe”; pues con un poco de imaginación el papel pintado era una prolongación del pañuelo rojo de Jack Sparrow y de los verdes abanicos de las palmeras. Así que cogí el póster y una chincheta roja y me puse de pie sobre la cama. Apreté bien la chincheta pero no había nada donde apretar. La sensación fue como meterse un puñado de palomitas dulces en la boca pensando que son saladas. Yo esperaba la piedra dura y resistente, pero lo que me encontré era todo lo contrario, y me caí….

Parecía que había atravesado la pared para dar a la habitación de los vecinos, pero eso era imposible, pues la pared por la que había caído daba al patio de nuestra casa. Esta habitación era peqeña y un poco oscura porque no tenía ventana, aunque las paredes pintadas de azul cielo eran más bonitas que las de mi cuarto. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado hasta aquí?

La pared a mi espalda parecía maciza y fuerte. Enfrente, en el rincón, había un escritorio y en él un libro abierto. Me acerqué. Igual me daba pistas sobre el lugar dónde me encontraba. El libro estaba escrito a mano en un idioma que no era el español pero que, para asombro mío, entendía sin problemas. Estaba en alemán y al parecer era el diario de una tal Sara, que era el nombre que había al comienzo. Empecé a leer. Leí que Sara era judía, leí como un año antes Hitler se había apoderado en circunstancias oscuras del gobierno en Alemania. Yo había estudiado a Hitler en Ciencias Sociales. Sabía ya que fue un dictador que odiaba a los judíos, a los que persiguió y mató hasta que finalmente fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial. Pero lo que narraba el diario era aún peor: llegaba más al corazón que los comentarios del libro de texto. La chica había escrito cómo sus amigas le retiraron la palabra en el colegio, y cómo tuvo que ir a uno especial para judíos; cómo vio a la policia llevarse a algunos vecinos, judíos como ella, a un destino desconocido; cómo le obligaron a llevar una estrella y tuvo que entregar su bici; cómo, paulatinamente, le prohibieron ir en transporte público, al cine, al parque o al teatro. Poco más tarde sus padres decidieron esconderse por miedo a ser deportados a campos de concentración. Desde entonces su vida fue como la de un pájaro encerrado en una jaula, no podía salir, ni siquiera asomarse a la ventana.

Echaba de menos a sus amigas, las excursiones al campo…. Me acercaba a las últimas páginas y estaba tan absorta en la lectura que no oí los pasos que se acercaban. En el marco de la puerta apareció una mujer que seguramente era la madre de Sara. Yo me asusté, pero la mujer me dijo: “Sara, ayúdame a pelar las patatas para la cena”. Me quedé pasmada y ella insistió, así que le acompañé a la cocina y me puse automáticamente a pelar las patatas. ¡Esa mujer me tomaba por su hija! Pero era imposible que ésta se pareciera tanto a mi. Y además ¿dónde estaba? Ni siquiera entiendo por qué estoy aquí. Parece que las paredes de mi nueva casa me han hecho viajar al pasado, como en una película de ciencia ficción. Es como si hubiera ocupado el lugar de una chica real de esta época ¿Qué había pasado con la auténtica Sara? ¿La había mandado a mi tiempo? ¿O simplemente había desaparecido? Qué sensación más rara estar en otro tiempo. Era a la vez inquietante y emocionante, porque sabía que en realidad estábamos en peligro.

Al poco entró un señor. Seguro que me costaría mucho llamarle Papá. Se me planteaba así otra duda ¿Cuánto tiempo me quedaba por pasar aquí? ¿Cómo iba a volver a mi cuarto de rosas rojas?

Todo me resultaba confuso. Los días siguientes discurrieron con más normalidad de lo que esperaba. El diario me ayudaba a conocer mejor mi nueva personalidad. Tampoco me aburría: estaba ocupada haciendo tareas que mis padres me mandaban en antiguos libros de texto y leyendo un libro sobre cultura griega. Mis “padres” se extrañaron de que volviera a leerlo desde el principio. Les dije que no lo había entendido bien y se dieron por satisfechos con esa respuesta. Supongo que Sara sí se aburría, porque para unos días esta forma de vida estaba bien, pero luego se haría muy monótona.

Conocí a algunos amigos que nos proporcionaban alimentos y otras cosas que compraban en una de las pocas tiendas que vendía a escondidas productos a los judíos. Si algún día no podían venir pasábamos estrechez y procurábamos ahorrar todo lo posible.

Lo que paso entonces me pilló por sorpresa. Nadie piensa que le pueda pasar algo así. Yo estaba leyendo mi libro cuando oí un estrépito tremendo. Bajé asustada y llegué a tiempo para ver cómo la policia entraba en la cocina destrozando todo lo que encontraba a su paso. Alguién había dado el chivatazo de nuestro escondite. Vi como a mis “padres” les hacían salir con los brazos en alto mientras dos policias se acercaban a mi. Me sentí acorralada y quería escapar a toda costa, me imaginaba lo terrible que sería estar en un campo de concentración y la desesperación de no encontrar una salida casi me hacía llorar. Entonces me acordé de la pared que tenía detrás ¿Y si funcionaba también esta vez? No tenía nada que perder, así que retrocedí unos pasos esperando notar la resistencia de la piedra y ……

Tropecé con el dobladillo de mi túnica y caí de bruces al suelo. Vi mis manos adornadas con intrincadas líneas naranjas. Me incorporé. Me encontraba en un estrecho callejón flanqueado de casas blancas ¡Había funcionado! Pero ¿dónde me encontraba ahora? Noté que en la cabeza llevaba un pañuelo. Salí andando hasta llegar a otra calle un poco más soleada. De pronto vi a un muchacho doblar la esquina. Era un poco más alto que yo, tenía el pelo negro y muy rizado. Se me acercó sin decir nada y al llegar a donde estaba me plantó un beso en la boca. Me quedé pasmada. Sólo me fijé en sus ojos que tanto se parecían a los de Jack Sparrow. Mientras llegaba a la conclusión de que había vuelto a ocupar el lugar de alguien que ya existía y buscaba pistas que me indicaran dónde (¡y a qué momento!) había llegado, él me contaba algo con voz agitada.

Mientras tanto, todo lo que me estaba pasando, el tipo de atuendos que vestía la gente, la forma de saludarse, de hablar, me indicaban que estaba en alguna ciudad árabe, quizá en la misma Península Ibérica.

Más me valía escuchar lo que me decía, porque luego andaría perdida sin enterarme de nada. Me di cuenta de que dominaba un idioma distinto, lo que ya no me extrañaba, pero, a cambio, me había olvidado completamente del alemán. El chico me explicó que sus padres le habían anunciado hoy que el mercader de telas les había propuesto el matrimonio con su hija. Era un hombre rico y les ofrecia una gran dote, de modo que no dudaron ni un minuto de aceptar el trato. Él no podía negarse, ya que desde siempre eran los padres los que decidían y los hijos tenían que plegarse a su voluntad. Me sentía desanimada: acababa de conocer a aquel chico del que, a esta alturas, ya estaba perdidamente enamorada y ahora nos teníamos que separar. Pero, al parecer, él ya había elaborado un plan y me preguntó si yo le amaba tanto como él a mi como para huir los dos esta misma noche. No cabía duda alguna de que yo estaba de acuerdo y nos separamos acordando volver a vernos por la noche, pero antes me acompañó a casa. Allí tenía que cumplir mi papel para no echar todo a perder en el último momento. Era como una obra de teatro: debería haberme apuntado al curso de interpretación del instituto. Dentro de lo que cabe lo hice bien, pues nadie parecía percatarse de que yo no era quien pensaban que era. Preparé la cena, y cuando estabamos comiendo, mis padres comentaban la gran noticia del día: el anuncio de la boda entre la hija del mercader de telas y Salim, el hijo del herrero ¿Así que se llamaba Salim? ¡Qué bonito sonaba! Salim, Salim, Salim…

Recogí la mesa e hice como que rezaba cuando tocaba hacerlo, después subí a la habitación y preparé un saco con algunas cosas que me parecieron útiles para un viaje monte a través. Cuando la casa quedó tranquila bajé de puntillas las escaleras. Salim ya me estaba esperando, me dio otro beso y me puso su dedo índice sobre los labios indicándome que guardara silencio. Me cogió de la mano y juntos nos pusimos a correr por lo que me pareció un laberinto de callejuelas, pero él sabía perfectamente el camino que nos iba a llevar a la puerta de la ciudad. Estaba todo oscuro y teníamos miedo a que alguien que nos conociese nos viera juntos. De repente oimos pasos que se acercaban y Salim me empujó contra la pared

¡Mierda! ¡Por una vez que estaba a gusto en el lugar y tiempo que me había tocado!. Pero no, habia pasado otra vez y no podía regresar. Daban ganas de ponerse a llorar o gritar, pero sabía que no serviría de nada. No me quedaba otro remedio que concentrarme en lo que me esperaba.

Esta vez descubrí mi nuevo destino observando la sala donde me encontraba. Las paredes eran de piedra y una de ellas estaba cubierta por un enorme mosaico que representaba a un señor gordito rodeado de mujeres que portaban parras y barriles. Era parecido a uno que vimos en el Museo Arqueológico, y seguramente se trataba del dios Baco. En la habitación habia especie de divanes y una mesa con fruta. Estaba en la Anigua Roma. Por una puerta entró un señor que llevaba un cubo con agua y unos trapos. Me los puso ante mi y me ordenó bruscamente que limpiara la sala, que los señores iban a comer allí. Esto empezaba a tener muy mala pinta. Cada vez retrocedía más en la Historia. Si alguna vez quisiera volver a mi cuarto con olor a aburrimiento ¿tendría que desandar lo andado? Además parecía que ahora me tocaba ser la esclava de alguien ¡eso era el colmo! Pero ¿qué podía hacer? Sólo había una respuesta: fregar el suelo. Así era todo el tiempo: lavar ropa, hacer las camas, la comida, limpiar y barrer hasta sentir la espalda hecha polvo. La pareja de romanos a la que pertenecía no era mala conmigo. Me daban comida apetitosa y en cantidad suficiente, disponía de una cama bien mullida esperándome por las noches. Los únicos que me molestaban y convertían mi vida en un infierno eran los demás esclavos. Habían sufrido tanto que ya no podían creer que alguien los tratara bien. Antes de dormir les oia despotricar contra nuestro amo y hacer planes para escapar. Yo les servía de cabeza de turco cuando pasaba algo, me daban los trabajos más difíciles y parecía que me odiaban. A veces tenía la sensación de estar haciendo mi trabajo y el de ellos. A todo esto, yo ya tenía suficientes problemas. Pensaba frecuentemente en Salim y maldecía una y otra vez aquel muro que me había traido hasta aquí. Me preocupaba también que hubiera retrocedido tanto en el tiempo y, sobre todo, que pudiera hacerlo aún más. Procuraba no rozar ninguna pared, aunque a la vez deseaba salir de aquí. Cuando era una judía, la pared me había protegido de los nazis, pero esta vez me había separado de Salim. Todo tiene ventajas e inconvenientes.

Una noche cuando terminé de fregar los cacharros me retiré al dormitorio. Me acosté pero no pude dormir, pues sentí hablar a mis compañeros al otro lado de la pared. Yo desde la cama escuchaba sin prestar mucha atención hasta que cayó la palabra ‘matar’. Sabía que los otros esclavos eran perversos, me daban miedo, pero no creía que pudieran llegar a tal extremo. Mi sentido de la justicia me exigía hacer algo para neutralizar el plan. Ya me imaginaba quien iba a ser la víctima: el amo. Ahora había que saber el cómo pensaban llevar a cabo su propósito. Por lo que oí, querían entrar en el baño, aprovechando que uno de ellos debía llevarle las toallas y la ropa limpia y ayudarle a vestirse. Las voces se iban alejando cada vez más, y yo me tenía que acercar más y más a la pared para seguir la conversación. Tanto que……

Pasó. Ya no estaba allí. Lo sabía. Había ocurrido lo que tenía que ocurrir: había llegado al final de todo, o al principio, según se mire. Era una auténtica cavernícola. Me entró frío y me di cuenta de que iba completamente desnuda. También me noté distinta, más fuerte y, aunque me costaba aceptarlo, más peluda. El viaje había terminado. Más me valía no acercarme a ningún otro muro ¿Qué me esperaría detrás? ¿Volvería al principio? ¿Me convertiría en un mono? ¿o en una partícula infinitesimal? La cueva era oscura. No había fuego. Y no logré averiguar cómo me llamaba, y si había venido a sustituir a alguien. Suponía que sí, pero esta vez nadie parecía reconocerme. Tampoco podía disfrutar de la capacidad de manejarme en otro idioma, ya que sólo sabía gruñir. Mi vida era monótona: dormía, comía, y volvía a dormir. Veía como algunos se iban y volvían con comida. Pero yo no salía. Entonces sucedió algo que rompió el aburrimiento. Aunque no fue como yo quería. De repente todos se pusieron a gritar y a salir corriendo. Yo me quedé rezagada. Me acababa de despertar y no sabía lo que significaba este alboroto. Pronto me iba a enterar. Oi un gruñido que me heló la sangre. Cometí la imprudencia de retroceder hasta el fondo de la cueva en vez de salir de ella corriendo aún sabiendo que estaba acorralada. De repente el cuerpo de un enorme oso tapó la entrada. El animal husmeó y se dirigió hacia mi ¿Qué hacer? La elecció era difícil y nada agradable. A ver, señorita, ¿qué prefiere? Ser devorada por un oso o viajar hacia la nada. Dos miedos luchaban dentro de mi, mientras el oso se acercaba cada vez más. En ese instante él hizo un movimiento brusco hacia delante y yo retrocedí. El oso se abalanzó sobre su presa… pero ya no había nada. El oso se levantó, se dio la vuelta y se fue por donde había venido.

5 responses

23 12 2009
ingrid

sí señora…la entendemos perfectamente y le aceptamos, y le felicitamos también por saber dejar las cosas a su debido tiempo y en buena forma.
Beso enorme

14 01 2010
raquel y alicia

un placer re-descubrirte por la red. creo que valladolid va a ser fiel seguidora de tus andanzas. mil gracias por acercarnos el festival de cine de aguilar…y tantas otras lejanas cercanías.

21 04 2010
Carzum

Me encanta!!!

25 04 2010
alicia

por cierto, me encanta tu blog!!!

1 06 2010
Lidia

Hola Lea, te conozco a través de lo que tu tía Toñi me ha contado de tí. La verdad es que me da gusto ver gente joven con sueños y proyectos, y con una visión hermosa de la realidad, hermosa como el sabor de los orejones de albaricoque y el olor de los melocotones. Voy a enseñarles tu blog a mis hijas mayores, que están un poco vagorras, a ver si se animan. mucho ánimo

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