Underwood girls

18 03 2010

Quietas, dormidas están,
las treinta, redondas, blancas.
Entre todas
sostienen el mundo.
Míralas, aquí en su sueño,
como nubes,
redondas, blancas, y dentro
destinos de trueno y rayo,
destinos de lluvia lenta,
de nieve, de viento, signos.
Despiértalas,
con contactos saltarines
de dedos rápidos, leves,
como a músicas antiguas.
Ellas suenan otra música:
fantasías de metal
valses duros, al dictado.
Que se alcen desde siglos
todas iguales, distintas
como las olas del mar
y una gran alma secreta.
Que se crean que es la carta,
la fórmula, como siempre.
Tú alócate
bien los dedos, y las
raptas y las lanzas,
a las treinta, eternas ninfas
contra el gran mundo vacío,
blanco a blanco.
Por fin a la hazaña pura,
sin palabras, sin sentido,
ese, zeda, jota, i…

Pedro Salinas

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Senderos de fuego (II)

6 01 2010

Después del montaje, para el que Andrea tardó por lo menos tres horas, viene la quema, que no duró ni diez minutos. Pero valió la pena, porque realmente quedó precioso. Además, el material fotográfico que hemos recopilado bastaría para hacer un reportaje de diez horas, como mínimo. Pero me conformo con dejaros este vídeo y un cuento muy apropiado, aunque triste, sobre cerillas y sobre la última noche del año.

La niña de los fósforos

Hans Christian Andersen

¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.

Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.

En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Le pareció a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.

Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.

Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos… y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho-: Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.

-¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad. Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.

Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente… Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.

FIN





recuerdos de molière

12 12 2009

Hoy, recogiendo mínimamente mi habitación, se cayó algo de entre las páginas de un libro. Las cosas que se caen de los libros me han parecido siempre muy misteriosas, porque nunca me acuerdo de haberlas metido yo. Parece más bien que han crecido de la historia que hay entre las dos tapas de ese libro, o que el escritor la dejó entre las páginas en un despiste antes de mandarlo a la editorial. Las dos suposiciones son imposibles, pero muy interesantes. Cuando cae por ejemplo una hoja prensada me imagino al autor paseando por una avenida flanqueda de plataneros, quizá en el siglo XVIII, levantando el sombrero al paso de una joven bien parecida que lleva una sombrilla completamente innecesaria. Otras veces cae un marcapáginas (cosa muy común, por otro lado) que no me suena de nada. Eso significa que por las noches entra un fantasma a mi cuarto, un fantasma que se alimenta de lecturas y que no puede vivir sin leer al menos una página cada noche. Por eso se sienta a mi escritorio mientras estoy durmiendo y lee el mismo capítulo que he leído yo por el día. Y alguna vez se olvida el marcapáginas…

Esta vez no pude imaginarme ninguna de estas historias, porque aunque no sabía cómo había llegado hasta allí, sí reconocí quién había escrito la cuartilla que flotó plácidamente hasta el suelo: eran dos esquemas que hice hace dos años mientras leía “El avaro” y “El enfermo imaginario” de Molière. Me gustó encontrarlos y ver que lo que ahora haría con regla y bolígrafo negro, antes lo escribía de cualquier manera y en morado.

No os lo perdáis: los labios eso que hay entre Cleantes y Angélica significan que estaban liados.





Sola se queda Lea…

11 10 2009

Bueno, sola, sola, no… Con la excelente compañía de Gabriel García Márquez, personificado en el ejemplar de 100 años de soledad que me ha sacado Juanjo de la estantería. Una estantería mágica, que parece albergar todo lo que se me ocurra pedir. He empezado a leer ya el libro en cuestión, sabiendo que me lo van a pedir en el siguiente trimestre, y más empujada por la obligación que por la curiosidad. No es una disposicíon muy buena para disfrutar de un libro y eso se nota cuando lees algo para clase de lengua, pero aún así me está gustando muchísimo. Me cuesta meterme en la historia, después de todo un día comunicándome en aguilarense, pero una vez que estoy en Macondo, donde vive el clan de José Arcadio Buendía, pasan las páginas tan rápido como hacen allí un hijo. Es que es verdad, tiene eso unas historias de culebrón… Pero bien contadas, claro, no de esas que tienes la sensación de estar matando a tus neuronas cuando las ves o las lees o las oyes. Que si primero el fundador del clan se casa con su prima carnal, luego sus dos hijos mayores tienen dos hijos con la misma mujer. El hijo mayor se va con los gitanos, el otro se casa con una chica que podría ser su hija, cuando vuelve el primogénito se acuesta con su hermana política (esto último a mucha gente le parece mal, en la vida real quiero decir, cuando a mi no me parece para tanto) y así sucesivamente. Pero tampoco hay que darle tanta importancia al detalle de tele-novela, porque (hasta ahora) 100 años de soledad me parece sobretodo un cuento fantástico, sobre un pueblo, Macondo, construido en medio de la selva que es tan jóven que no tiene cementerio. Todas las casas están dispuestas de forma que ninguna reciba menos sol que la de al lado y ningún vecino tenga que andar más lejos para coger agua que el de enfrente. La única comunicación con el mundo externo es un grupo de gitanos que vienen una vez al año, trayendo extraños inventos como alfombras voladoras, el hielo y un laboratorio de alquimia, que emocionan al emprendedor José Arcadio Buendía. Así hasta que su mujer encuentra por pura casualidad un camino hacia el pueblo más cercano, haciéndose rica con un negocio de extraños caramelos y dulces, con caballos de mazapán y otras formas. Y ahí estoy. Ya seguiré contando.