annabel lee

15 05 2010

En el campamento internacional en el que estuve el verano pasado, en Seattle, trabajamos un día en clase de inglés sobre el poema Annabel Lee, de Edgar Allan Poe. Los relatos de Edgar Allan Poe siempre me han parecido fascinantes. A muchos de mis compañeros de clase les encantan las películas de miedo que se hacen ahora (El grito, La maldición…), otros sólo pueden verlas en compañía. Yo ni siquiera lo he intentado. Sabiendo que río, lloro, me emociono enseguida con las películas, no quiero arriesgarme a tener que salir corriendo de la sala. Pero de los pequeños trozos que no he podido evitar ver (además soy una adicta a los tráilers) he sacado la conclusión que más que miedo, es susto. Te tapas los ojos, cuando acaba tienes que ir encendiendo todas las luces hasta llegar a tu cama y miras detrás de tí y debajo de la cama porque en cualquier momento puede aparecer alguno de los protagonistas, ya sea motosierra en mano o con las cuencas de los ojos vacías y las manos pálidas extandidas hacia tí.

Yo he leído el libro de cuentos de Edgar Allan Poe El escarabajo dorado y pocas veces he pasado tanto miedo. Eso sí que es miedo. No hace falta que te persigan los muertos, ni que lleven motosierras o tengan poderes sobrenaturales. Sufiecientemente terrorífico es pensar en aquel al que asesinan en una bodega, el pintor que mata a su amada porque atrapa su vida en el lienzo, el viejo que duerme con un ojo abierto, el escarabajo que pasa por la cuenca del ojo de una calavera, y sobre todo aquel condenado a muerte que ve descender lentamente un péndulo con una cuchilla que dentro de algunas horas le atravesará poco a poco el pecho… No puedes cerrar los ojos, sino que los tienes abiertos como platos hasta que acabas el relato. Te da igual encender o apagar las luces porque las imágenes siguen ahí, aunque sea a plena luz del día. La historia no te suelta hasta después de algunos días… Eso si que es terror.

Este poema no es de miedo, es muy triste, pero no terrorífico. El caso es que cuando acabamos la clase, me comentó un chico que Radio Futura tenía entre sus canciones una adaptación de Annabel Lee. Yo me quedé sorprendida, porque no conocía a nadie de mi edad a quien le gustase o conociese Radio Futura, ni mucho menos supiera de su adaptación del Poema de Poe. No es una de sus mejores canciones (en mi opinión), pero me gustó. Aquí os lo dejo todo: el poema primero, la canción (no os perdáis la estética del videoclip) y la letra en español. También algún podcast sobre Edgar Allan Poe de Radio Nacional Española.

Annabel Lee

It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of ANNABEL LEE;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.

I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love-
I and my Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her highborn kinsman came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in heaven,
Went envying her and me-
Yes!- that was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we-
Of many far wiser than we-
And neither the angels in heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee.

For the moon never beams without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling- my darling- my life and my bride,
In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the sounding sea.

Edgar Allan Poe

Annabel Lee – Radio Futura

Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar
habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee.
Y crecía aquella flor sin pensar en nada más
que en amar y ser amada, ser amada por mí.

Éramos sólo dos niños mas tan grande nuestro amor
que los ángeles del cielo nos cogieron envidia,
pues no eran tan felices, ni siquiera la mitad,
como todo el mundo sabe, en aquel reino junto al mar.

Por eso un viento partió de una oscura nube aquella noche
para helar el corazón de la hermosa Annabel Lee.
Luego vino a llevársela su noble parentela
para enterrarla en un sepulcro en aquel reino junto al mar.

No luce la luna sin traérmela en sueños,
ni brilla una estrella sin que vea sus ojos,
y así paso la noche acostado con ella,
mi querida hermosa, mi vida, mi esposa.

Nuestro amor era más fuerte que el amor de los mayores,
que saben más, como dicen, de las cosas de la vida.
Ni los ángeles del cielo, ni los demonios del mar
separaran jamás mi alma del alma de Annabel Lee.

No luce la luna sin traérmela en sueños,
ni brilla una estrella sin que vea sus ojos,
y así paso la noche acostado con ella,
mi querida hermosa, mi vida, mi esposa,
en aquel sepulcro junto al mar,
en su tumba junto al mar ruidoso.
Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar
habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee.
Y crecía aquella flor sin pensar en nada más
que en amar y ser amada, ser amada por mí.

Podcast:

– Del programa Polvo Eres (Radio 5), de Nieves Concostrina. Cinco minutos de humor negro, sobre entierros y muertes curiosas.

Podcast Polvo Eres – Nuevo entierro EA Poe

– También escuché un Videodrome (de Gregorio Parra, en Radio 3) sobre Poe, pero no encuentro el podcast. En cuanto lo “cuelguen”, lo pongo. De todas formas, para acceder a todos los podcast del programa:

Podcast de Videodrome

Edgar Allan Poe (1809-1849)





las flores de las horas

8 05 2010

Os dejo algunas fotos que he hecho en Puentetoma, justo antes de que llegara la nieve y le diera una patada en la tripa a lo membrillos, que habían confiado en el buen tiempo y empezado a florecer. Sus flores son blancas, no tan espectaculares como las que describe Michael Ende en este fragmento de Momo, uno de mis libros favoritos, pero aún así me gustaron. Y anunque después del frío tuve la opotunidad de fotografiar las flores marchitas y los pétalos volando como enormes copos de nieve, pensé que era demasiado deprimente. Así que esta es una hora eterna, que no acaba nunca. ¡Mejor que pille en sábado y no en el trabajo o en el instituto!

“Poco a poco, Momo se fue dando cuenta de que se hallaba bajo una cúpula inmensa, totalmente redonda, que le pareció tan grande como todo el firmamento. Y esa inmensa cúpula era de oro puro.

En el centro, en el punto más alto, había una abertura circular por la que caía, vertical, una columna de luz sobre un estanque igualmente circular, cuya agua negra estaba lisa e inmóvil como un espejo oscuro.

Muy poco por encima del agua titilaba en la columna de luz algo así como una estrella luminosa. Se movía con lentitud majestuosa, y Momo vio un péndulo increíble que oscilaba sobre el espejo oscuro. Flotaba y parecía carecer de peso.

Cuando el péndulo estelar se acercaba lentamente a un extremo del estanque, salía del agua, en aquel punto, un gran capullo floral. Cuanto más se acercaba el péndulo, más se abría, hasta que por fin quedaba totalmente abierto sobre las aguas.

Era una flor de belleza tal, que Momo no la había visto nunca. Parecía componerse solamente de colores luminosos. Momo nunca había sospechado que esos colores siquiera existieran. El péndulo se detuvo un momento sobre la flor y Momo se ensimismó totalmente en su visión, olvidando todo lo demás. El aroma le parecía algo que siempre había deseado sin saber de qué se trataba.

Pero entonces, muy lentamente, el péndulo volvió a oscilar hacia el otro lado. y mientras, muy poco a poco, se alejaba, Momo vio consternada, que la maravillosa flor comenzaba a marchitarse. Una hoja tras otra caía y se hundía en la negra profundidad. Momo lo sentía con tal dolor, como si desapareciera para siempre de ella algo totalmente irrepetible.

Cuando el péndulo hubo llegado al centro del estanque, la extraordinaria flor había desaparecido del todo. Pero al mismo tiempo comenzaba a salir, al otro lado del estanque, del agua negra, otro capullo. Y mientras el péndulo se acercaba lentamente a él, Momo vio que el capullo que comenzaba a abrirse era mucho más hermoso todavía. La niña dio la vuelta al estanque para verlo de cerca.

Era totalmente diferente a la flor anterior. Tampoco los colores de ésta los había visto jamás Momo, pero le pareció que era todavía más rica y preciosa que la anterior. Tenía un olor completamente diferente, más maravilloso, y cuanto más la miraba Momo, más detalles extraordinarios descubría.

Pero de nuevo volvió el péndulo estelar, y toda esa maravilla se disolvió y se hundió, hoja a hoja, en las inescrutables profundidades del estanque oscuro.

Lentamente, muy lentamente, el péndulo volvió al otro lado, pero no alcanzó exactamente el lugar anterior, sino que había avanzado un corto trecho. Y allí, a un paso del punto anterior, comenzaba a emerger y abrirse nuevamente un capullo.

Esa flor era, realmente, la más hermosa, según le pareció a momo. Era la flor de las flores, un milagro.

Momo hubiera querido llorar cuando tuvo que ver que también esa perfección comenzaba a marchitarse y a hundirse en las oscuras profundidades. Pero recordó la promesa que le había hecho al maestro Hora, y calló.

También al otro lado había avanzado un paso el péndulo, y de las negras aguas comenzaba a surgir una nueva flor.

Momo se fue dando cuenta de que cada nueva flor era totalmente diferente a la anterior y que la que estaba floreciendo le parecía cada vez la más hermosa.

Paseando todo el rato alrededor del estanque, miraba cómo nacía y se marchitaba una flor tras otra. Y le parecía que nunca se cansaría de este espectáculo.

Michael Ende

Momo

cap. XII: Momo llega al

lugar de donde viene el tiempo





Espinas

12 02 2010

Ola va y ola viene… Nuestro fuego de año nuevo se ha ido apagando con las masas de agua, porque aquí hemos pasado de nieve a hielo e inundaciones. Pero todo este agua merece una entrada aparte, y ahora sólo subo un detalle. Tanta humedad ha animado a salir a los caracoles y esta foto de Andrea me ha hecho reflexionar sobre las espinas…

“por el amor de una rosa, el jardinero es servidor
de mil espinas” – proverbio turco

.

“una espina de experiencia vale más

que un bosque de advertencias” – james russel lowell

.

“si tienes un amigo, visítalo con frecuencia, pues las malas hierbas y las espinas
invaden el camino por donde nadie pasa” – proverbio árabe

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“la rosa tiene espinas, pero, ¿tiene pétalos el atún?”
roberto fontanarrosa

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“si te pinchas voluntariamente con una espina, no duele”
proverbio de los nyika

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“echaréis de delante de vosotros a todos los moradores del país,

y destruiréis todos sus ídolos de piedra, y todas sus imágenes de fundición,

y destruiréis todos sus lugares altos;

y si no echáreis a los moradores del país, de delante de vosotros,

sucederá que los que dejaréis de ellos serán como aguijones en vuestros ojos

y como espinas en vuestros costados,

y os afligirán sobre la tierra en que vosotros habitaréis.”

antiguo testamento, números 33, 52.55

Cuando hay que pasar por las espinas para conseguir algo, lo único que se puede hacer es intentar evitarlas lo mejor posible…

artefacto usado en puentetoma para la caza de moras

Os dejo además con un cuento sobre rosas y espinas. Me acuerdo que de pequeña me compró Juanjo una colección de cuentos entre los que estaba éste, y siempre me ha parecido muy triste y muy bonito.

El ruiseñor y la rosa

Oscar Wilde

-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-,

pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín.

Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.

Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.

-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.

-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.

-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.

Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.

-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas.

Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.

Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza.

-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.

El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.

Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.

-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!

Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina.

Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.

“El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!”

Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.

Al poco rato se quedo dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.

Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.

Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.

Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.

Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.

El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.

E inclinándose, la cogió.

Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.

La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas.

-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.

Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.

Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.”

Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

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dedicado a aquellos que estuvieron y

a los que todavía están

detrás de una alambrada






recuerdos de molière

12 12 2009

Hoy, recogiendo mínimamente mi habitación, se cayó algo de entre las páginas de un libro. Las cosas que se caen de los libros me han parecido siempre muy misteriosas, porque nunca me acuerdo de haberlas metido yo. Parece más bien que han crecido de la historia que hay entre las dos tapas de ese libro, o que el escritor la dejó entre las páginas en un despiste antes de mandarlo a la editorial. Las dos suposiciones son imposibles, pero muy interesantes. Cuando cae por ejemplo una hoja prensada me imagino al autor paseando por una avenida flanqueda de plataneros, quizá en el siglo XVIII, levantando el sombrero al paso de una joven bien parecida que lleva una sombrilla completamente innecesaria. Otras veces cae un marcapáginas (cosa muy común, por otro lado) que no me suena de nada. Eso significa que por las noches entra un fantasma a mi cuarto, un fantasma que se alimenta de lecturas y que no puede vivir sin leer al menos una página cada noche. Por eso se sienta a mi escritorio mientras estoy durmiendo y lee el mismo capítulo que he leído yo por el día. Y alguna vez se olvida el marcapáginas…

Esta vez no pude imaginarme ninguna de estas historias, porque aunque no sabía cómo había llegado hasta allí, sí reconocí quién había escrito la cuartilla que flotó plácidamente hasta el suelo: eran dos esquemas que hice hace dos años mientras leía “El avaro” y “El enfermo imaginario” de Molière. Me gustó encontrarlos y ver que lo que ahora haría con regla y bolígrafo negro, antes lo escribía de cualquier manera y en morado.

No os lo perdáis: los labios eso que hay entre Cleantes y Angélica significan que estaban liados.





Sola se queda Lea…

11 10 2009

Bueno, sola, sola, no… Con la excelente compañía de Gabriel García Márquez, personificado en el ejemplar de 100 años de soledad que me ha sacado Juanjo de la estantería. Una estantería mágica, que parece albergar todo lo que se me ocurra pedir. He empezado a leer ya el libro en cuestión, sabiendo que me lo van a pedir en el siguiente trimestre, y más empujada por la obligación que por la curiosidad. No es una disposicíon muy buena para disfrutar de un libro y eso se nota cuando lees algo para clase de lengua, pero aún así me está gustando muchísimo. Me cuesta meterme en la historia, después de todo un día comunicándome en aguilarense, pero una vez que estoy en Macondo, donde vive el clan de José Arcadio Buendía, pasan las páginas tan rápido como hacen allí un hijo. Es que es verdad, tiene eso unas historias de culebrón… Pero bien contadas, claro, no de esas que tienes la sensación de estar matando a tus neuronas cuando las ves o las lees o las oyes. Que si primero el fundador del clan se casa con su prima carnal, luego sus dos hijos mayores tienen dos hijos con la misma mujer. El hijo mayor se va con los gitanos, el otro se casa con una chica que podría ser su hija, cuando vuelve el primogénito se acuesta con su hermana política (esto último a mucha gente le parece mal, en la vida real quiero decir, cuando a mi no me parece para tanto) y así sucesivamente. Pero tampoco hay que darle tanta importancia al detalle de tele-novela, porque (hasta ahora) 100 años de soledad me parece sobretodo un cuento fantástico, sobre un pueblo, Macondo, construido en medio de la selva que es tan jóven que no tiene cementerio. Todas las casas están dispuestas de forma que ninguna reciba menos sol que la de al lado y ningún vecino tenga que andar más lejos para coger agua que el de enfrente. La única comunicación con el mundo externo es un grupo de gitanos que vienen una vez al año, trayendo extraños inventos como alfombras voladoras, el hielo y un laboratorio de alquimia, que emocionan al emprendedor José Arcadio Buendía. Así hasta que su mujer encuentra por pura casualidad un camino hacia el pueblo más cercano, haciéndose rica con un negocio de extraños caramelos y dulces, con caballos de mazapán y otras formas. Y ahí estoy. Ya seguiré contando.