Sola se queda Lea…

11 10 2009

Bueno, sola, sola, no… Con la excelente compañía de Gabriel García Márquez, personificado en el ejemplar de 100 años de soledad que me ha sacado Juanjo de la estantería. Una estantería mágica, que parece albergar todo lo que se me ocurra pedir. He empezado a leer ya el libro en cuestión, sabiendo que me lo van a pedir en el siguiente trimestre, y más empujada por la obligación que por la curiosidad. No es una disposicíon muy buena para disfrutar de un libro y eso se nota cuando lees algo para clase de lengua, pero aún así me está gustando muchísimo. Me cuesta meterme en la historia, después de todo un día comunicándome en aguilarense, pero una vez que estoy en Macondo, donde vive el clan de José Arcadio Buendía, pasan las páginas tan rápido como hacen allí un hijo. Es que es verdad, tiene eso unas historias de culebrón… Pero bien contadas, claro, no de esas que tienes la sensación de estar matando a tus neuronas cuando las ves o las lees o las oyes. Que si primero el fundador del clan se casa con su prima carnal, luego sus dos hijos mayores tienen dos hijos con la misma mujer. El hijo mayor se va con los gitanos, el otro se casa con una chica que podría ser su hija, cuando vuelve el primogénito se acuesta con su hermana política (esto último a mucha gente le parece mal, en la vida real quiero decir, cuando a mi no me parece para tanto) y así sucesivamente. Pero tampoco hay que darle tanta importancia al detalle de tele-novela, porque (hasta ahora) 100 años de soledad me parece sobretodo un cuento fantástico, sobre un pueblo, Macondo, construido en medio de la selva que es tan jóven que no tiene cementerio. Todas las casas están dispuestas de forma que ninguna reciba menos sol que la de al lado y ningún vecino tenga que andar más lejos para coger agua que el de enfrente. La única comunicación con el mundo externo es un grupo de gitanos que vienen una vez al año, trayendo extraños inventos como alfombras voladoras, el hielo y un laboratorio de alquimia, que emocionan al emprendedor José Arcadio Buendía. Así hasta que su mujer encuentra por pura casualidad un camino hacia el pueblo más cercano, haciéndose rica con un negocio de extraños caramelos y dulces, con caballos de mazapán y otras formas. Y ahí estoy. Ya seguiré contando.


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